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jueves, 10 de mayo de 2012

Las neurociencias de las emociones: el cerebro emocionado

           Un paseo por la calle un domingo por la mañana me es sumamente placentero. Es un breve tiempo para observar a la gente, para socializar y convivir con los ciudadanos de esta gran urbe. Los niños juegan en los parques: sonríen, juegan, se pelean, lloran etc. Las miradas de sus padres o de otros adultos denotan por igual sonrisas, gestos de preocupación, de amor, de asombro, hasta de enojo cuando a un niño se le cae el helado recién comprado en la camisa. Un manotazo y el niño se suelta en llanto. ¿Qué sería del ser humano si no tuviera la capacidad para sentir emociones? ¿Por qué tenemos emociones? Históricamente, el ser humano se ha hecho las dos preguntas anteriores, además se ha preguntado sobre su capacidad para sentir emociones y la forma en las que las manifiesta. Se sabe que Aristóteles pensaba que el corazón era el órgano encargado de generar las emociones. ¿Quién no ha sentido como se le acelera el corazón cuando se alegra, cuando tiene miedo, o cuando vive algo emocionante? ¿Quién no ha sentido dolor en  el corazón cuando pasa por un duelo, o por un desamor? Unos siglos después, el gran Galeno afirmaba que el cerebro era el verdadero asiento de las emociones. Sólo los años y notables investigadores han podido dilucidar cada vez más la complejidad de las emociones.Pero antes, debemos hacer notar que los animales pueden expresar emociones. El gran Charles Darwin describió que ciertas expresiones son comunes en los animales, como el enojo o la rabia, por ejemplo (Fig. 1).

            Científicos notables como Gall, Freud y Broca, entre muchos otros, sentaron las bases para el entendimiento de la complejidad de las emociones y la complejidad de su procesamiento. Fue precisamente el francés Broca quien nombró a una serie de áreas del cerebro involucradas en las emociones como el "sistema límbico". Broca realizó sus observaciones en pacientes que sufrieron algún daño cerebral, y de ahí infirió la participación de algunas áreas cerebrales en distintos procesos fisiológicos. Durante el siglo XIX se dieron notables avances en el campo naciente de las "neurociencias de las emociones (affective neuroscience)". El caso famoso de Phineas Gage, a quien una barra de metal le atravesó parte del cráneo, lesionándolo de un área llamada corteza prefrontal, llamó la atención de los investigadores quienes comenzaron a pensar que ciertas estructuras cerebrales podían participar en la generación de los estados emotivos. Gage, quien antes de su accidente la gente se refería a él como una persona amable y eficiente, se había convertido en alguien impaciente, propenso al enojo y de carácter socialmente difícil. Casi cuarenta años después del caso Gage, el investigador  norteamericano William James, propuso que las emociones surgen en respuesta a la activación de los distintos receptores del cuerpo (bodily senses). Por lo tanto, las emociones son sentimientos que ocurren como consecuencia -y no como causa- de cambios fisiológicos del cuerpo. Por ejemplo, llorar es la causa de la tristeza y no al revés. Además, James sugirió que tanto la corteza cerebral motora como la sensitiva debían mediar las respuestas emocionales. Ya en el siglo XX, Cannon y Bard, presentaron evidencia  en contra de la hipótesis de James, pues éstos investigadores realizaron experimentos en gatos a los cuales les realizaron cortes a distintos niveles del cerebro, y se dieron cuenta de que a pesar de que los animales no tenían corteza, éstos eran capaces de mostrar comportamiento de rabia, de hecho, denominaron a esta preparación "rabia ficticia". Posteriormente, a experimentación científica en animales condujo a establecer al sistema límbico como la estructura que produce la representación en la corteza cerebral de las emociones. En este sentido, Klüver y Bucy realizaron experimentos en los cuales retiraron parte de la corteza temporal en monos, los cuales después de la cirugía se mostraron dóciles y propensos a llevarse objetos a la boca (oralidad), hipersexualidad, entre otros déficits conductuales. Papez, un investigador norteamericano, postuló en 1937, las conexiones que deben existir en el proceso de las emociones. A este arreglo se le denominó "circuito de Papez", en el cual las emociones siguen dos cursos o vías: la de la percepción de la emoción que a su vez hace uso de la memoria; y la vía del sentimiento de la emoción per se, que tiene que ver más con la respuesta autonómica. Por ejemplo: escarbe en su memoria un poco y recuerde cuando de niño le soltaron tremendo golpe porque hizo alguna travesura. El componente de la percepción le haría notar que usted recibió esa reprimenda porque hizo algo que no estuvo bien, además de que esa información tal vez le recordó que en otra ocasión ya le habían advertido sobre recibir un buen golpe si seguía de travieso. El segundo componente sería el encargado de generar llanto tal vez, con las manifestaciones automáticas que conlleva el llanto, como la expresión facial característica.
Pero ahí no quedó la cosa, ya que otro investigador de apellido McLean, propuso en 1949, una visión más amplia de los circuitos de las emociones, ya que ubicó de manera anatómica a las estructuras cerebrales de acuerdo a su origen evolutivo y sus funciones por lo tanto en la generación de las emociones. Además, la idea principal de la teoría McLean fue que las emociones surgen a partir de la integración de los estímulos externos con las respuestas corporales. La visión de McLean tiene vigencia hasta nuestros días; sin embargo, datos recientes han contribuido a refinar el concepto del “cerebro emocional”. Sin embargo, definir con precisión a las áreas cerebrales que están involucradas y de qué forma en el proceso de las emociones, no ha sido sencillo, incluso en nuestros días con las herramientas de imagenología y otras no invasivas, como la estimulación transcraneal apenas comenzamos a entender la complejidad de las emociones y su sustento en el sistema nervioso. En la figura 2, se ilustran algunas zonas relacionadas a las emociones, entre ellas se encuentran: la corteza prefrontal, la corteza del cíngulo, la amígdala, el hipocampo, núcleo accumbens y el pálido ventral. Quizá no le sean familiares estos nombres, quizá sí. Lo cierto es que tal vez no sean las únicas zonas involucradas en el procesamiento de las emociones. Aún falta historia que contar, mientras seguiremos teniendo un cerebro emocional.


Conclusiones
¿Qué sería de nuestra vida sin los sentimientos? No me imagino una vida sin la capacidad de emocionarse ante un evento inesperado, ante una buena noticia etc. de igual manera y aunque sea duro, las experiencias dolorosas también son parte de nuestra vida. A veces nos hacen más fuertes, a veces nos dan importantes lecciones y otras veces nos hacen madurar. Lo cierto es que la neurociencia tiene un amplio campo de trabajo y de horas de esfuerzo. El camino es interesante y seguramente estará lleno de hallazgos importantísimos que nos acerquen a conocer esa parte tan importante en nuestras vidas. Finalmente, aunque aún no hay consenso sobre la definición de qué son las emociones, lo cierto es que nos hacen sentirnos humanos, nos hacen sentirnos vivos.
Referencias
 The emotional brain. Tim Dalgleish. Nature Reviews Neuroscience.Vol 5. pp: 582-589. 2004.
The Limbic System Conception and Its Historical Evolution. Roxo M. et al. The ScientificWorld Journal  11, 2428–2441. 2011.


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