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sábado, 31 de diciembre de 2011

Fotografía: arte, ciencia y tecnología

Fotografía: arte, ciencia y tecnología
A. Pliego
Arte y ciencia, dos entidades que, aparentemente, hacen honor a los elementos duales del universo, hombre/mujer, luz/obscuridad, risa/llanto y un muy largo etcétera. Pero, ¿qué tan apartados están estas dos caras de la cultura humana? ¿Siempre fueron considerados antagónicos o hubo un punto en la historia en el cual sufrieron una ruptura definitiva? En la actualidad, son pocos los ejemplos donde la línea divisoria entre arte y avance científico-tecnológico se vuelve tan delgada como en la fotografía. En sus inicios, el mecanismo utilizado era relativamente simple: una caja cerrada con un orificio por donde entra luz permitiendo que la imagen se proyecte invertida en una de sus caras donde se encuentra un fijador. La fotografía más antigua que se conserva se conoce como “Vista de la ventana de Le Gras” y data de 1826. En su obtención se utilizó un soporte sensibilizado con sales de plata. El tiempo de exposición fue de ocho horas.

Fotografía de Joseph Nicéphore Niépce desde su casa de campo en  Saint-Loup-de-Varennes, Francia.
A partir de esta imagen, investigadores del campo experimentaron modificaciones tanto en el diseño y tamaño de la cámara obscura, como en la parte óptica del aparato (objetivos y lentes). Además, inició la búsqueda de “aceleradores químicos” que redujeran el tiempo de exposición. Con la perfección del daguerrotipo, a partir de 1841, los tiempos de exposición se redujeron a un minuto, lo cual permitió que pudieran realizarse retratos, los cuales rápidamente se divulgaron. Era natural, todos deseaban ser fotografiados, pues al entrar luz por orificio de la cámara, se congelaba el tiempo, y el retrato permanecía intacto aunque los retratados cambiaran con el paso de los días. Y no sólo captaba el aspecto de los individuos, sino el momento en el que se encontraban: reunidos en familia, de día de campo, visitando amigos o simplemente para dejar plasmado un mensaje “Existo y así soy”. La importancia que tuvo el nuevo invento en la sociedad de entonces impulsó su uso y perfeccionamiento, y en pocos años se alcanzaron avances notables hasta que, en 1880, la fabricación de placas dejó de ser una tarea artesanal y pasó a manos de la industria.
¿Qué fondo llevará la imagen? ¿De dónde viene la iluminación? ¿Cómo contrasta con el cuadro central? ¿Es claro el mensaje? De pronto estos cuestionamientos tomaron peso y la experimentación se enfocó en satisfacer los requerimientos estéticos del fotógrafo (¿técnico o artista?).
A lo largo de la historia de la fotografía, arte y ciencia han ida de la mano y se han intercalado hasta perderse en la presente “era digital”, donde no únicamente es suficiente conocer los tipos de sensores (CCD o CMOS), resolución en pixeles, zoom digital y características del LCD.  Quien se dedica a la parte creativa de la fotografía debe ser capaz de utilizar programas de retoque y edición avanzada como Adobe Photoshop, GIMP, Photomatrix, Artizen HDR, Panorama Maker, entre otros muchos. Sin dejar atrás el cine, películas como “La ciencia del sueño”, de Michel Gondry, o “El laberinto del Fauno” de Guillermo del Toro, nos invitan a reflexionar en qué tendrá más relevancia para el director, la tecnología detrás de los efectos utilizados o el conjunto de elementos que le otorgan la categoría de “cine de arte”, pues, en ellas, ciencia y arte se entremezclan que separarlas se vuelve ocioso. Y ¿no es también ocioso pensar en un hombre totalmente racional o totalmente emocional?  ¿Por qué no entremezclar, cual ladrillos en una pared, ambos caracteres humanos y, en vez de verlos apartados, aceptar que uno requiere del otro para alcanzar la armonía anhelada?

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