Un
paseo por la calle un domingo por la mañana me es sumamente placentero. Es un
breve tiempo para observar a la gente, para socializar y convivir con los
ciudadanos de esta gran urbe. Los niños juegan en los parques: sonríen, juegan,
se pelean, lloran etc. Las miradas de sus padres o de otros adultos denotan por
igual sonrisas, gestos de preocupación, de amor, de asombro, hasta de enojo
cuando a un niño se le cae el helado recién comprado en la camisa. Un manotazo
y el niño se suelta en llanto. ¿Qué sería del ser humano si no tuviera la
capacidad para sentir emociones? ¿Por qué tenemos emociones? Históricamente, el
ser humano se ha hecho las dos preguntas anteriores, además se ha preguntado
sobre su capacidad para sentir emociones y la forma en las que las manifiesta.
Se sabe que Aristóteles pensaba que el corazón era el órgano encargado de
generar las emociones. ¿Quién no ha sentido como se le acelera el corazón
cuando se alegra, cuando tiene miedo, o cuando vive algo emocionante? ¿Quién no
ha sentido dolor en el corazón cuando
pasa por un duelo, o por un desamor? Unos siglos después, el gran Galeno
afirmaba que el cerebro era el verdadero asiento de las emociones. Sólo los
años y notables investigadores han podido dilucidar cada vez más la complejidad
de las emociones.Pero
antes, debemos hacer notar que los animales pueden expresar emociones. El gran
Charles Darwin describió que ciertas expresiones son comunes en los animales,
como el enojo o la rabia, por ejemplo (Fig. 1).

Científicos
notables como Gall, Freud y Broca, entre muchos otros, sentaron las bases para
el entendimiento de la complejidad de las emociones y la complejidad de su
procesamiento. Fue precisamente el francés Broca quien nombró a una serie de
áreas del cerebro involucradas en las emociones como el "sistema
límbico". Broca realizó sus observaciones en pacientes que sufrieron algún
daño cerebral, y de ahí infirió la participación de algunas áreas cerebrales en
distintos procesos fisiológicos. Durante el siglo XIX se dieron notables avances
en el campo naciente de las "neurociencias de las emociones (affective neuroscience)". El caso
famoso de Phineas Gage, a quien una barra de metal le atravesó parte del
cráneo, lesionándolo de un área llamada corteza prefrontal, llamó la atención
de los investigadores quienes comenzaron a pensar que ciertas estructuras
cerebrales podían participar en la generación de los estados emotivos. Gage,
quien antes de su accidente la gente se refería a él como una persona amable y
eficiente, se había convertido en alguien impaciente, propenso al enojo y de
carácter socialmente difícil. Casi cuarenta años después del caso Gage, el
investigador norteamericano William
James, propuso que las emociones surgen en respuesta a la activación de los
distintos receptores del cuerpo (bodily
senses). Por lo tanto, las emociones son sentimientos que ocurren como
consecuencia -y no como causa- de cambios fisiológicos del cuerpo. Por ejemplo,
llorar es la causa de la tristeza y no al revés. Además, James sugirió que
tanto la corteza cerebral motora como la sensitiva debían mediar las respuestas
emocionales. Ya en el siglo XX, Cannon y Bard, presentaron evidencia en contra de la hipótesis de James, pues
éstos investigadores realizaron experimentos en gatos a los cuales les realizaron
cortes a distintos niveles del cerebro, y se dieron cuenta de que a pesar de
que los animales no tenían corteza, éstos eran capaces de mostrar
comportamiento de rabia, de hecho, denominaron a esta preparación "rabia
ficticia". Posteriormente, a experimentación científica en animales
condujo a establecer al sistema límbico como la estructura que produce la
representación en la corteza cerebral de las emociones. En este sentido, Klüver
y Bucy realizaron experimentos en los cuales retiraron parte de la corteza
temporal en monos, los cuales después de la cirugía se mostraron dóciles y
propensos a llevarse objetos a la boca (oralidad), hipersexualidad, entre otros
déficits conductuales. Papez, un investigador norteamericano, postuló en 1937,
las conexiones que deben existir en el proceso de las emociones. A este arreglo
se le denominó "circuito de Papez", en el cual las emociones siguen
dos cursos o vías: la de la percepción de la emoción que a su vez hace uso de
la memoria; y la vía del sentimiento de la emoción per se, que tiene que ver más con la respuesta autonómica. Por
ejemplo: escarbe en su memoria un poco y recuerde cuando de niño le soltaron
tremendo golpe porque hizo alguna travesura. El componente de la percepción le
haría notar que usted recibió esa reprimenda porque hizo algo que no estuvo
bien, además de que esa información tal vez le recordó que en otra ocasión ya
le habían advertido sobre recibir un buen golpe si seguía de travieso. El
segundo componente sería el encargado de generar llanto tal vez, con las
manifestaciones automáticas que conlleva el llanto, como la expresión facial
característica.
Pero
ahí no quedó la cosa, ya que otro investigador de apellido McLean, propuso en
1949, una visión más amplia de los circuitos de las emociones, ya que ubicó de
manera anatómica a las estructuras cerebrales de acuerdo a su origen evolutivo
y sus funciones por lo tanto en la generación de las emociones. Además, la idea
principal de la teoría McLean fue que las emociones surgen a partir de la
integración de los estímulos externos con las respuestas corporales. La visión
de McLean tiene vigencia hasta nuestros días; sin embargo, datos recientes han
contribuido a refinar el concepto del “cerebro emocional”. Sin embargo, definir
con precisión a las áreas cerebrales que están involucradas y de qué forma en
el proceso de las emociones, no ha sido sencillo, incluso en nuestros días con
las herramientas de imagenología y otras no invasivas, como la estimulación
transcraneal apenas comenzamos a entender la complejidad de las emociones y su
sustento en el sistema nervioso. En la figura 2, se ilustran algunas zonas
relacionadas a las emociones, entre ellas se encuentran: la corteza prefrontal,
la corteza del cíngulo, la amígdala, el hipocampo, núcleo accumbens y el pálido
ventral. Quizá no le sean familiares estos nombres, quizá sí. Lo cierto es que
tal vez no sean las únicas zonas involucradas en el procesamiento de las
emociones. Aún falta historia que contar, mientras seguiremos teniendo un
cerebro emocional.

Conclusiones
¿Qué
sería de nuestra vida sin los sentimientos? No me imagino una vida sin la
capacidad de emocionarse ante un evento inesperado, ante una buena noticia etc.
de igual manera y aunque sea duro, las experiencias dolorosas también son parte
de nuestra vida. A veces nos hacen más fuertes, a veces nos dan importantes
lecciones y otras veces nos hacen madurar. Lo cierto es que la neurociencia
tiene un amplio campo de trabajo y de horas de esfuerzo. El camino es
interesante y seguramente estará lleno de hallazgos importantísimos que nos
acerquen a conocer esa parte tan importante en nuestras vidas. Finalmente, aunque
aún no hay consenso sobre la definición de qué son las emociones, lo cierto es
que nos hacen sentirnos humanos, nos hacen sentirnos vivos.
Referencias
The emotional brain. Tim Dalgleish. Nature Reviews Neuroscience.Vol
5. pp: 582-589. 2004.
The Limbic
System Conception and Its Historical Evolution. Roxo M. et al. The ScientificWorld Journal 11,
2428–2441. 2011.